El gigante blanco coqueteó con el desastre ante un valiente rival de la tercera categoría. Una genialidad del astro francés y una atajada milagrosa del arquero ucraniano fueron lo único que evitó el papelón para sellar el boleto a octavos de final.
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| Foto: Infobae |
Hay noches de Copa del Rey que están diseñadas para la épica de los modestos y la pesadilla de los gigantes. El Real Madrid vivió una de esas veladas en El Prado, donde rozó el ridículo absoluto y tuvo que apelar a la jerarquía individual de sus máximas figuras para no escribir una página negra en su historia. Con más sufrimiento que futbol, y con el orgullo herido, el cuadro merengue superó una eliminatoria agónica ante el Talavera para inscribir su nombre en los octavos de final.
Lo que en el papel se presentaba como un trámite para la "Unidad B" y algunas estrellas del vigente campeón de Europa, se transformó rápidamente en una trampa de barro y sudor. El Talavera, equipo que milita en la tercera categoría del balompié español, planteó un partido sin complejos, mordiendo en cada centímetro de la cancha y desnudando la falta de intensidad de un Madrid que saltó al césped con el freno de mano puesto.
Mbappé: La luz en la oscuridad Cuando el sistema colectivo falló y la ansiedad comenzaba a apoderarse del banquillo madridista ante la imposibilidad de romper el cerco local, apareció el factor diferencial: Kylian Mbappé. El francés, que no suele perdonar ni en los escenarios más hostiles, se encargó de asumir la responsabilidad que otros esquivaron.
Fue en una acción aislada, producto más del talento individual que de la elaboración, donde Mbappé encontró la llave del gol. Su tanto no solo rompió el cero, sino que sirvió como un tanque de oxígeno para un equipo que se veía superado en actitud por su modesto rival. La anotación del ‘9’ merengue fue el único argumento ofensivo sólido en una noche espesa para la delantera blanca.
San Lunin y el milagro final Sin embargo, el gol de Mbappé no fue suficiente para tranquilizar las aguas. El Talavera, lejos de bajar los brazos, se lanzó al ataque en los compases finales buscando la gesta heroica. Fue ahí donde la figura de Andriy Lunin se agigantó para salvar la eliminatoria.
En el momento más crítico del encuentro, cuando la defensa madridista hacía agua y el empate parecía inminente, el guardameta ucraniano sacó una mano prodigiosa, un "atajadón" de reflejos puros que evitó la caída de su arco. La intervención de Lunin valió tanto como el gol de Mbappé; sin esa parada, el Madrid habría quedado expuesto a una prórroga de pronóstico reservado o, peor aún, a una eliminación humillante.
El silbatazo final trajo consigo más alivio que celebración para los de la capital española. El Real Madrid está en octavos, sí, pero la imagen dejada en Talavera servirá de advertencia: la camiseta por sí sola no gana partidos, y hoy, solo la calidad de Mbappé y los guantes de Lunin evitaron el desastre.
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