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lunes, julio 20, 2026

Entre golpes y desplantes: Argentina la selección que no supo perder

Escándalo en Nueva Jersey: la final que expone la poca ética de la Selección Argentina


Foto: EFE


La derrota de Argentina ante España en la final del Mundial 2026 debería haberse registrado como una página dolorosa pero noble en la historia del fútbol albiceleste: un rival mejor, un gol en la prórroga, el aprendizaje que dejan las finales perdidas. En cambio, lo ocurrido en el MetLife Stadium transformó la imagen del equipo en un espectáculo lamentable que pinta de cuerpo entero una crisis ética. No fue solo fútbol: fue un acto público de mala educación, violencia y desprecio por las reglas mínimas de convivencia deportiva.


Los hechos hablan por sí mismos. Nahuel Molina conectando un golpe a Rodri; Leandro Paredes agarrando y empujando a Gavi y Eric García; Roberto Ayala, miembro del cuerpo técnico, yendo más allá del rol que le cabe en un banquillo; Nicolás Otamendi vociferando acusaciones entre jugadores. Esa suma de agresiones, captada por cámaras y observada por millones, no admite eufemismos. No es "calentura del momento" cuando intervienen miembros del cuerpo técnico y cuando las imágenes se repiten hasta formar un patrón reconocible. Es conducta profesional deficiente, es conducta humana cuestionable.


El desplante en la premiación —darse la vuelta mientras España recibía el trofeo— completó la faena. La explicación que circuló en algunos medios locales, la de un “gesto para la hinchada”, suena a justificación frágil ante una norma elemental de respeto. El protocolo no es un mero formalismo: es el ritual que ordena la convivencia entre ganadores y perdedores, una pieza imprescindible para mantener la dignidad del deporte. Darle la espalda al vencedor no es una devolución de cariño a los hinchas; es una falta de respeto pública que desdibuja cualquier narrativa heroica o sufrida que se quiera construir.


Peor aún fue el silencio posterior. Evadir la zona mixta y negarse a dar explicaciones deja el relato en manos de los que pueden escupir la opinión más contundente. Empresas informativas como The Telegraph no tardaron en titular con escarnio: "Fútbol 1, Delincuentes 0". Tal vez el titular es extremo, pero no deja de señalar la perversión del momento: la victoria deportiva de España y la derrota moral de Argentina en un mismo acto. Cuando la Selección—sus figuras, su cuerpo técnico y su dirigencia—elude rendir cuentas, se confirma que no solo se perdió un partido, sino también una ocasión para reparar con dignidad.


La repercusión no quedó en el estadio. En Buenos Aires, el Obelisco, lugar de catarsis y festejo, se convirtió en escenario de violencia con detenidos y gases; en Ciudad de México, hinchas desalojados tras riñas. El contagio de agresividad fuera del campo revela que la conducta de un plantel no es un asunto privado: alimenta actitudes, legitima excesos, devuelve al público una interpretación de que la violencia es parte del folclore del aguante. Aquí reaparece la nociva "cultura del aguante", que convierte la competencia en lucha de honor y hace del rival un enemigo deshumanizado.


No sirve refugiarse en interpretaciones parciales: la historia del fútbol argentino tiene capítulos de gloria y también de vergüenza. Las referencias a supuestas provocaciones arbitrales, a faltas de sanción o a antecedentes de otros mundiales no justifican golpes ni desplantes. La ética deportiva requiere autocontrol, responsabilidad institucional y la capacidad de aceptar la derrota con compostura. Si la Selección pretende ser modelo de conducta para millones de jóvenes y para una afición que invierte tiempo y dinero, debe asumir consecuencias claras.


Las preguntas que quedan son de fondo. ¿Responderá la AFA con sanciones ejemplares? ¿Habrá procesos claros contra los implicados, incluso si son figuras centrales? ¿Se implementará un plan de educación ética y manejo de conflictos dentro del plantel? La mera disculpa, sin medidas concretas, sería un paliativo insuficiente frente al daño reputacional y social causado.


Finalmente, la figura quebrada de Lionel Scaloni en la rueda de prensa—lágrimas y dudas sobre su continuidad—no exonera al resto. La responsabilidad es colectiva: jugadores, entrenadores, dirigentes y organizaciones que permiten o minimizan estas conductas. El fútbol es pasión, sí; pero la pasión no puede confundirse con impunidad.


La final en Nueva Jersey no solo entregó una copa a España; puso en evidencia una selección que, al menos en esta noche, mostró que no sabe perder. Y cuando un equipo internacionalmente venerado pierde también la dignidad, la factura no la paga solo el plantel: la paga todo un país que se reconoce en sus íconos deportivos.

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